Hay conceptos, palabras, expresiones, que tienen la mala suerte de ser utilizadas de forma perversa. Me viene al teclado directamente la palabra, el concepto, "diseño". Su uso comercial ha convertido una función noble y necesaria en un contenedor de mamarrachos. Cuando se anuncian "ático de diseño", "muebles de diseño", "cubertería de diseño", no se está expresando que esos elementos han pasado por un proceso proyectual en el que se han tenido en cuenta, entre otros factores, las posibilidades de los materiales, la ergonomía de lo proyectado, las posibilidades de fabricación y uso. No. "Diseño" en esos contextos sustituye a modernillo, no tradicional, no antiguo. Es decir: "diseño" se está utilizando de forma perversa y, tristemente, es el concepto perverso el que prima entre la gente, influida por la publicidad y secuestrada por la incultura.
Patrimonio Cultural es otra de las víctimas, pero, en este caso, no se trata sólo del concepto en sí, sino de la utilización crematística de los elementos patrimoniales convertidos en simples activos turísticos. En los años cincuenta y sesenta del pasado siglo. los alcaldes de diversas poblaciones y pueblos buscaban influencias para que su lugar no fuese declarado objeto de protección, a causa de sus bienes culturales. Ello significaba trabas a la hora de construir, de abrir nuevos negocios, de reutilizar estructuras antiguas. Los vecinos estaban de acuerdo con el alcalde en la idea de la declaración de protección resultaba ruinosa.
No era un supuesto falso. El Barrio Antiguo de Salamanca se declara Protegido por un Decreto de abril de 1953. La delimitación es demencial, dibujando sobre el plano una forma caprichosa que sólo intenta meter dentro treinta y cuatro "monumentos" y que comete barbaridades como la de considerar que las casas de una acera de la calle de La Compañía sean elementos protegidos mientras no lo son los de la del frente. Pero eso es otra historia sobre la que habrá que hablar en otro momento. Lo que viene al caso es que aquel dibujo, que en 1953 carecía de sentido urbanístico, apenas veinte años más tarde ha logrado ser coherente: todo lo que contiene en su interior está arruinado o en pavoroso estado de degradación. ¿El motivo? Muy sencillo: la protección del NO. "Esto no se puede tocar"" Esto no se puede cambiar" "Aquí no se pueden montar negocios", etc. Las propiedades comienzan a perder valor, los habitantes con posibilidades económicas pasan a vivir en la ciudad nueva que va generándose al norte de la Plaza Mayor (también habrá que hablar de esto), y en el barrio queda la población de menores ingresos y comienza a llegar población okupa de inmigrantes ilegales portugueses y población gitana. Los propietarios dejan de interesarse por las casas, que comienzan a ser una carga a través del impuesto catastral y su deseo es que lleguen a la ruina total. Ambos factores hacen que no intervengan sobre cubiertas, desplomes, humedades, es decir, que abandonen el mantenimiento indispensable para los tipos de edificaciones del barrio. En fin :la ruina.
Pero a finales de los setenta, la cosa cambia. El turismo es un fenómeno que está manteniendo al país, y a los turistas les privan los lugares antiguos, con sabor. Y eso es dinero. Y ahí cambia el tema, porque el dinero tiene fuerza suficiente para hacer decir diego donde decía digo, y, de repente, ya en los ochenta, todos las ciudades y pueblos de España aspiran ya no sólo a ser declarados dignos de protección, si no a ser declarados "Patrimonio de la Humanidad". Seguiremos hablando.
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